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11 de marzo de 2018

El Ermitaño y la Vedette - Cuento

Ermitaño Tarot


Nadie entendió muy bien cómo un ermitaño y una vedette llegaron al mismo bar olvidado en medio de la ciudad. Para alguien escéptico como yo las razones son sencillas: él tenía sed y ella necesitaba reposar después de un intenso espectáculo nocturno. Sin embargo, para otras personas este tipo de cosas responden a lo místico, un destino que como la tela de una araña conecta todos los caminos. Pese a la falta de certezas y el escepticismo de quien escribe algo si era seguro: ella quedó prendada del viejo al verle entrar.

Cuando el ermitaño llegó al bar se acercó a la barra como quién no se entera de nada y se puso a hablar con algunos borrachos que creían  estar delante de un espectro de otra dimensión. Sabía por qué estaba allí aunque sus compañeros de charla no tuvieran la más mínima idea de donde venía. Le había empujado un motivo inescrutable que había intuido hace años, cuando aún no llevaba su túnica ni esos zapatos tan gastados como su corazón. Mientras tanto, hablaba de forma compasiva con los borrachos y les miraba a los ojos con profundidad. Un poco más lejos la bailarina miraba disimuladamente y no dejaba de pensar en la misteriosa atracción que sentía por aquel hombre. Ninguno de sus amantes le había hecho sentir tan pequeña e ingenua. 

Pasado un rato la mujer se acercó a la barra y él sintió su presencia como quién reconoce un cuerpo largamente esperado. Incluso antes de entrar al bar sabía que ella era el motivo por el cual debía estar ahí. El instinto le había enseñado hace años que la estrella alojada en su entrecejo le revelaría la respuesta al secreto. Sin inmutarse siguió conversando con los borrachos mientras se impregnaba del aroma de la vedette.

Cuando el número de borrachos se multiplicó, el dueño del bar decidió cerrar y empujar a los erráticos clientes hacia la salida. De repente el ermitaño se quedó solo, delante de un vaso que resplandecía con la luz tenue de la lámpara que había colocado a un lado. Con el ajetreo producido por los borrachos la mujer aprovechó de sentarse al lado del viejo iniciando una de las conversaciones más atípicas que se recuerde en aquel bar. En aquel instante ella pudo ver con detalle el rostro del hombre que llamaba su atención y él pudo contemplar la explosiva belleza que tenía delante de sus ojos. No era el tipo de mujer que encajara con el estilo de vida que había cultivado durante los últimos años pero precisamente ese era el secreto: algo en ella le llamaba con tanta intensidad que habría sido capaz de despojarse allí mismo de su túnica y sus títulos religiosos para bailar la música mundana que siempre había mirado con reproche. 

El dueño del bar decidió echar llave con la pareja aún dentro y apagó luces seguro de que no robarían nada. Vio en ellos un brillo especial que le hizo sentirse orgulloso de dejarlos allí mientras él se iba a dormir. Los enigmáticos personajes se quedaron conversando hasta una hora que nadie conoce y la única huella dejada por este suceso fue el resplandeciente brillo de sus ojos cuando se dieron el primer beso que hizo estallar la realidad en miles de fragmentos colmados de amor, deseo y pasión.

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