1917, una película imprescindible y una proeza cinematográfica

 



Nunca una historia tan simple podría calar tan profundo en el corazón. Hablo de 1917, película estrenada por el director Sam Mendes en el año 2019. Año en que disputó los premios Oscar con otra gran película llamada Parasite. Quizá por esto, todos los focos de atención estuvieron en esta última, perdiendo de vista la impactante puesta en escena de 1917.

Sin embargo, impacta ver tantos mensajes implícitos sin necesidad de contar una compleja historia. Es como admirar la belleza de una flor. Humilde, básica en apariencia, pero profundamente hermosa en su sencillez.


La historia detrás de 1917, la película del director de American Beauty



No hay mucho que escarbar en el guion de esta historia. No hay una trama compleja o grandes dinastías medievales. Todo tiene que ver con la historia de un mensajero que, en medio de la guerra, debe cumplir con la entrega de una carta que puede salvar la vida de más de 1000 soldados que van directos a una trampa.

Es la primera guerra mundial y los alemanes acechan en los campos franceses. Se han retirado de manera estratégica para tender una trampa a sus contrincantes. Algo que los batallones preparados para enfrentarse a ellos no saben. Situación que les llevará a avanzar confiadamente para ser masacrados unas decenas de kilómetros más adelante con una artillería pesada que los reducirá a cenizas.

Para exponer los sucesos de esta historia, el director se inspiró en la Operación Alberich. Una operación militar alemana llevada a cabo en Francia durante la Primera Guerra Mundial. Un plan que se preparó desde el 9 de febrero al 20 de marzo de 1917.

La operación tenía como objetivo una retirada planificada, para luego ofrecer una resistencia más fuerte a sus enemigos y masacrarlos con una completa estrategia de incomunicación y desgaste. 
 
Cabe señalar, además, que el abuelo del director tuvo la función de mensajero durante la guerra. Por lo que el desarrollo del guion es una mezcla creativa de ambos relatos, la historia de Alberich y la experiencia de Alfred H. Mendes.

Y eso es lo que nos cuenta la película. Con un inicio dinámico en donde dos jóvenes son llevados delante de sus superiores, para convertirse en mensajeros del destino de dos batallones que están a punto de ser masacrados por los alemanes.


La puesta en escena de 1917



La particularidad de 1917 es que está filmada en un plano secuencia a tiempo real. Es decir que el espectador sigue la trayectoria de los mensajeros protagonistas como si fuera con ellos. Los planos secuencia están conectados entre sí con trucos especialmente finos, para simular que la cámara nunca deja de grabar.

En este contexto nos enfrentamos a la otra historia de 1917. La del avance de una energía pequeña, la de los cabos, a través de la desolación de la guerra. Mensajeros que como luciérnagas navegan a través de la noche más profunda.

Es importante resaltar el hecho de que los mensajeros no tienen un alto rango. No son sargentos, generales ni comandantes. Son cabos. Jóvenes que se abren al horror de la guerra y que durante toda la película son tratados como piltrafillas y poca cosa. Enfrentándose al desinterés de sus compañeros y camaradas. Ni hablar de sus superiores, que ven en ellos apenas un vehículo de una carta que no parece importar mucho.

No estoy seguro si el director, Sam Mendes, ha querido destacar a propósito el bajo rango de los soldados. Pero lo cierto es que toda la película recuerda eso. Es esa situación lo que vuelve épico el viaje de los mensajeros a través de los campos destruídos.

Problemas que nos ponen los pelos de punta o que nos hacen saltar de la silla cada cierto tiempo, por algún disparo o algo que estalla de imprevisto. Sorprende, entonces, ver toda aquella ingenuidad, toda esa juventud abriéndose al terror, pero también a la misión heroica.

Porque la película va de eso. No es tan importante el contexto histórico en sí ni lo simple del guion, sino el ejemplo que dan sus protagonistas durante toda la trayectoria épica.


Cuando el mensajero es el héroe



Durante el transcurso de las casi dos horas que dura la película acompañamos a los mensajeros. Sufrimos con ellos y observamos el horror de la guerra. Llevamos un mensaje que puede salvar a muchas personas y entendemos el peso que llevamos sobre nuestros hombros.

Hay momentos en donde podemos escapar. Hay momentos en donde nos venimos abajo y queremos huir. Pero el peso de la responsabilidad por todas esas vidas que podemos salvar es mucho más grande. Nuestra propia humanidad saca fuerzas de flaqueza, resiste y persevera. Entonces todo se vuelve aún más difícil. Ya no son dos mensajeros, si no uno.


El poca cosa, el mandado. El que no quería enfrentarse a todo esto. De repente se ve envuelto en una tarea titánica. El mensaje para anular el ataque y evitar la muerte de dos batallones pesa como una gran roca en el cuerpo apaleado del mensajero.


Escenas claves en 1917 para entender lo que no aparece de forma explícita en el guión



Hay un par de escenas en 1917 que revelan la esencia de esta película con un guion extremadamente sencillo.

La primera



Cuando el mensajero es acercado por un batallón a la zona en donde debe entregar el mensaje. Un alto rango se le acerca y le hace una sugerencia. El diálogo es el siguiente:

  • Alto mando: Cabo, si llega usted hasta el coronel Mackenzie, asegúrese de que haya testigos.
  • Cabo: Son órdenes directas, señor.
  • Alto mando: Lo sé. Pero hay hombres que solo ansían la lucha.


Aquí, el alto mando deja entrever que en esta guerra puede haber personas empujadas solo por la sed de sangre. Esto les llevaría a hacer caso omiso del mensaje, solo por el placer de luchar y alimentar la confrontación.

De aquí en adelante, la lucha y perseverancia del cabo desgastado y a punto de sucumbir a la desesperación. Pero que, sin embargo, resiste y continúa para acudir al clímax final en una escena preciosa por todo el símbolo que representa. 
 

 

La segunda



Cuando el mensajero está muy cerca de entregar su mensaje y nadie le presta la debida atención. Entonces, la única forma de llegar al coronel Mackenzie es atravesar corriendo la línea de fuego, justo en el momento en que cientos de soldados van directo a la trampa de los alemanes.

El mensajero corre, llevando consigo la carta que advierte de no atacar. Porque sabe que justo ahí, en ese momento, todos esos soldados que se le atraviesan en su carrera van a la muerte segura. Porque sabe que la única esperanza de salvarlos es entregar su mensaje en ese instante.

 
 



Y aquí mi  reflexión



A veces, es mucho más heroico atravesar el horror para detenerlo, que sumergirse en el para alimentarlo. Es mucho más valiente detener a los hombres que buscan la guerra que ser uno de ellos. Porque, tal como se le advierte al cabo, en este mundo hay hombres que solo ansían la lucha. 
 
Es justamente en estos momentos, en donde el mensaje de los que quieren salvar vidas vale mucho más que el de los buscan la confrontación. Es justo aquí en donde esa energía pequeña y sencilla del mensajero se eleva en medio del horror. Para tener el gesto que pocos han tenido con él. El de la sensibilidad y solidaridad con los que sufren y sufrirán.

Entonces, esa energía pequeña y de bajo rango crece. Se hace inmensa y se transforma en un árbol eterno en donde otros se pueden apoyar y descansar. Se convierte, por sobre todo, en la esperanza y en la flor. Algo a lo que nos podemos aferrar cuando parece que hemos perdido todo.


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